La obra de Baquerizo se centra en la producción de mundos visuales que cuestionan las realidades que lo circundan. Sus dibujos y pinturas son construcciones de una realidad figurativa personal a través de una expresión plástica que cuestiona el cliché y la “razón” de las convenciones artísticas.  De esa manera, se plantea una política que busca romper con el orden de las convenciones a través de las cuales la sociedad vuelve más efectiva y productiva la comunicación.

 

En los últimos años su práctica ha buscado la exploración de varias técnicas, con especial atención en el dibujo, la pintura y sus posibilidades de expansión. Partiendo de estas transita a distintos medios –el video, el performance o la instalación– para construir imaginarios personales que se acercan y a la vez critican imaginarios colectivos más amplios dentro del contexto ecuatoriano y latinoamericano.

 

El dibujo impone una forma de economía social, un manual de uso del que Baquerizo se desvía. Pero en la obra de Baquerizo el dibujo es una herramienta de investigación constante; una exploración que evidencia las limitaciones del poder impositivo del trazo y la complicidad ideológica escondida en nuestras convenciones visuales. Su proceso tiene por resultado un trazo desviado, uno que desdibuja y deforma la figura, que presenta una realidad distorsionada y a la vez popular, que sugiere cierta liberación irónica del lente social.

 

Su obra, a través de apuntes visuales en libretas y agendas de bocetos, se produce dentro de esta dinámica de cambio y de replanteamiento de espacios y contextos de expresión. Recaba discursos, hacia devenires que se ubican entre lo personal y lo social. Su percepción del entorno, a través de esto se vuelve también comentario: abre un debate sobre la representación, el poder y la modernidad.